Solo 13 países respiran aire realmente saludable
Un informe internacional revela que la mayoría de la población mundial está expuesta a niveles peligrosos de contaminación atmosférica.
La calidad del aire en el planeta atraviesa una crisis silenciosa pero cada vez más evidente. Un reciente informe internacional basado en datos de más de 9.400 ciudades encendió las alarmas: solo 13 países del mundo cumplen con los niveles de calidad del aire considerados seguros por la Organización Mundial de la Salud (OMS), una cifra que expone la magnitud del problema a escala global.
El dato no es menor. Implica que más del 90% de los países supera los límites recomendados de contaminación, lo que deja a miles de millones de personas expuestas a partículas finas altamente nocivas para la salud. Estas partículas, conocidas como PM2.5, tienen la capacidad de penetrar profundamente en los pulmones e incluso ingresar al torrente sanguíneo, generando enfermedades respiratorias, cardiovasculares y aumentando el riesgo de muerte prematura.
El informe, elaborado por la empresa suiza IQAir, se basa en una red de más de 40.000 estaciones de monitoreo distribuidas en 143 países. Sus conclusiones reflejan un deterioro sostenido de la calidad del aire, impulsado principalmente por el uso de combustibles fósiles, los incendios forestales, la actividad industrial y fenómenos climáticos extremos.
Entre los pocos países que logran mantener niveles saludables aparecen nombres que, en su mayoría, comparten ciertas características: baja densidad poblacional, fuerte regulación ambiental o condiciones geográficas favorables. Allí figuran territorios como Islandia, Australia, Estonia, Panamá o Barbados, junto a varias islas con menor presión industrial.
Pero el dato más contundente no es quiénes están dentro de ese grupo, sino quiénes quedan afuera. 130 de los 143 países analizados no cumplen con las recomendaciones sanitarias, incluyendo a grandes economías y regiones altamente urbanizadas. Esto revela que la contaminación del aire ya no es un problema aislado de ciertas ciudades o países en desarrollo, sino una crisis estructural del modelo productivo global.
La OMS recomienda un máximo anual de cinco microgramos por metro cúbico de PM2,5, umbral que el año pasado no rebasaron un 14% de las ciudades analizadas, esto es, tres puntos porcentuales menos que en 2024.
Además, solo 13 países o territorios cumplieron con esa directriz de la OMS: Polinesia Francesa (1,8), Puerto Rico (2,4), Islas Vírgenes de los Estados Unidos (2,5), Barbados (2,6), Nueva Caledonia (3,6), Islandia (3,7), Bermudas (3,8), Andorra y Reunión (4,3), Australia (4,4), Granada (4,7), Panamá (4,8) y Estonia (4,9).
Por el contrario, los países más contaminados resultaron ser Pakistán (67,3), Bangladesh (66,1), Tayikistán (57,3), Chad (53,6) y República Democrática del Congo (50,2).
El ranking, al que tuvo acceso Servimedia, indica que España aparece en el 105º puesto de una lista de 134 países y territorios, con 9,1 microgramos de PM2,5 por metro cúbico de aire, 0,4 más que en 2024, que sigue siendo el mínimo histórico del país desde 2018, año en que empieza la serie histórica.
Un total de 130 de los 143 países y territorios superaron el valor anual recomendado por la OMS sobre partículas finas.
Desde una perspectiva de sostenibilidad, el problema conecta directamente con múltiples dimensiones. La contaminación atmosférica no solo impacta en la salud (ODS 3), sino también en las ciudades (ODS 11), el clima (ODS 13) y los sistemas energéticos (ODS 7). Se trata de una problemática transversal que evidencia las tensiones entre crecimiento económico y cuidado ambiental.
En América Latina, aunque la región no figura entre las más contaminadas del mundo, el problema está lejos de ser ajeno. Grandes ciudades como Ciudad de México, Lima o Santiago enfrentan episodios recurrentes de mala calidad del aire, impulsados por el transporte, la urbanización acelerada y, en algunos casos, la quema de biomasa. La diferencia es que, a menudo, estos episodios no alcanzan la visibilidad mediática de otras crisis, lo que contribuye a su invisibilización.
Además, el cambio climático está intensificando el problema. Los incendios forestales, cada vez más frecuentes en distintas regiones del planeta, generan enormes volúmenes de humo que pueden viajar miles de kilómetros, afectando la calidad del aire incluso en zonas alejadas del foco original. Esto rompe con la idea de que la contaminación es un fenómeno local: el aire, como el clima, no reconoce fronteras.
Según estimaciones de la propia OMS, la contaminación del aire está asociada a millones de muertes prematuras cada año, lo que la convierte en uno de los principales riesgos ambientales para la salud humana. En este contexto, el hecho de que tan pocos países cumplan con los estándares recomendados plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los actuales modelos de desarrollo son compatibles con la salud de las personas?
Sin embargo, el informe también deja entrever una oportunidad. El hecho de que existan países que sí cumplen con los estándares demuestra que respirar aire limpio no es una utopía, sino una posibilidad concreta cuando se aplican políticas adecuadas. Regulaciones más estrictas, transición hacia energías renovables, mejora del transporte público y control de emisiones industriales son algunas de las medidas que han demostrado ser efectivas.
El desafío, entonces, no es técnico, sino político y social. Requiere decisiones que muchas veces implican costos a corto plazo, pero beneficios a largo plazo en términos de salud, calidad de vida y sostenibilidad. También implica repensar hábitos de consumo y producción, así como fortalecer la cooperación internacional frente a un problema global.
Para América Latina, la situación representa una alerta y una oportunidad. La región aún tiene margen para evitar los niveles extremos de contaminación que se observan en otras partes del mundo, pero eso dependerá de las decisiones que se tomen hoy. Invertir en energías limpias, movilidad sostenible y planificación urbana no solo es una estrategia ambiental, sino también una política de salud pública.
En un escenario donde respirar aire limpio se vuelve cada vez más excepcional, el dato de los 13 países funciona como un espejo incómodo. No se trata solo de una estadística, sino de un indicador claro de hacia dónde se dirige el planeta. Y, sobre todo, de un recordatorio urgente: el derecho a respirar aire saludable no debería ser un privilegio, sino una condición básica de cualquier modelo de desarrollo sostenible.

