La «agenda woke»: el blanco fácil contra la sostenibilidad
Reducir la sostenibilidad a una “agenda woke” ignora evidencia científica y consenso internacional sobre clima, desigualdad y desarrollo.
En los últimos años se volvió cada vez más común escuchar críticas contra lo que algunos sectores denominan “agenda woke”. Bajo ese rótulo se agrupan, de forma simplificada y muchas veces deliberadamente distorsionada, iniciativas vinculadas a la sostenibilidad ambiental, la equidad social, los derechos humanos o la diversidad. Sin embargo, presentar estos temas como parte de una supuesta conspiración ideológica no solo empobrece el debate público, sino que también oculta un hecho fundamental: la agenda de sostenibilidad se basa en evidencia científica, acuerdos internacionales y diagnósticos ampliamente compartidos sobre los desafíos globales.
La narrativa anti-“woke” suele construir un enemigo cultural difuso al que atribuye la responsabilidad de cambios sociales y económicos que incomodan a determinados sectores. En ese relato, hablar de cambio climático, justicia social o transición energética sería parte de una imposición ideológica. Pero los datos contradicen esa interpretación. Informes del Intergovernmental Panel on Climate Change llevan décadas documentando el impacto del calentamiento global y advirtiendo sobre la urgencia de reducir emisiones. No se trata de una opinión política, sino de un consenso científico construido a partir de miles de investigaciones revisadas por pares.
Lo mismo ocurre con la agenda de desarrollo sostenible impulsada por la Organización de Naciones Unidas a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Estos objetivos no fueron diseñados por activistas culturales, sino por gobiernos de todo el mundo que reconocen problemas estructurales como la pobreza, la desigualdad, el deterioro ambiental o la falta de acceso a educación y salud. Reducir esa agenda a una etiqueta ideológica es ignorar deliberadamente la complejidad de los desafíos que enfrenta la humanidad.
La crítica a la llamada “agenda woke” también suele funcionar como una estrategia para deslegitimar políticas públicas necesarias. Cuando se desacreditan conceptos como transición energética, economía circular o responsabilidad social empresarial, lo que en realidad se cuestiona es la idea de que el desarrollo económico debe ser compatible con la protección del planeta y con el bienestar de las personas. Es una forma de mantener intacto un modelo que durante décadas generó crecimiento económico, pero también degradación ambiental y profundas desigualdades.
Frente a ese discurso simplificador, la comunidad internacional ha sido cada vez más clara. El secretario general de la ONU, António Guterres, ha advertido repetidamente que la crisis climática es “el desafío definitorio de nuestro tiempo”. Líderes políticos, científicos y sociales de todo el mundo coinciden en que ignorar estos problemas no los hará desaparecer. Por el contrario, retrasar las soluciones solo aumentará los costos sociales y económicos en el futuro.
También figuras de enorme influencia global han defendido la importancia de avanzar hacia un modelo de desarrollo más sostenible. La activista climática Greta Thunberg logró movilizar a millones de jóvenes en todo el mundo para exigir políticas climáticas más ambiciosas. El expresidente estadounidense Barack Obama ha señalado que la transición hacia energías limpias no solo es necesaria para el planeta, sino también una oportunidad económica para las próximas décadas. Incluso líderes religiosos como Pope Francis han incorporado la protección ambiental al debate moral global, destacando la responsabilidad colectiva de cuidar la “casa común”.
Estas voces no representan una moda cultural pasajera, sino un reconocimiento cada vez más extendido de que el modelo de desarrollo del siglo XX necesita transformarse. El aumento de eventos climáticos extremos, la pérdida acelerada de biodiversidad, las crisis migratorias y las tensiones sociales vinculadas a la desigualdad son síntomas de un sistema que requiere ajustes profundos.
En ese contexto, caricaturizar la sostenibilidad como una “agenda woke” es una forma de evitar discutir los problemas reales. Es mucho más fácil ridiculizar una etiqueta que enfrentar debates complejos sobre cómo producir energía, cómo distribuir recursos o cómo construir economías más justas y resilientes. Sin embargo, las sociedades que prosperan son aquellas capaces de anticipar los desafíos y adaptarse a ellos, no las que se refugian en guerras culturales estériles.
Desde una perspectiva periodística comprometida con la sostenibilidad, el debate debería centrarse en las soluciones y no en las etiquetas. La transición hacia economías más verdes, la reducción de desigualdades y la construcción de sociedades más inclusivas no son caprichos ideológicos: son condiciones necesarias para garantizar estabilidad social, prosperidad económica y equilibrio ambiental en el largo plazo.
Por eso, insistir en el fantasma de la “agenda woke” como explicación de todos los cambios contemporáneos no solo es intelectualmente pobre, sino también políticamente irresponsable. Mientras algunos sectores se entretienen en esa batalla cultural, el mundo enfrenta desafíos urgentes que requieren cooperación, innovación y decisiones basadas en evidencia.
Negar la sostenibilidad no detendrá el cambio climático, ni reducirá la pobreza, ni protegerá los ecosistemas. Lo único que logrará es retrasar las respuestas que el planeta y las sociedades necesitan con urgencia. Y en ese escenario, el verdadero riesgo no es una supuesta agenda ideológica, sino la incapacidad colectiva de actuar frente a los problemas que ya están definiendo el futuro del siglo XXI.

