Restaurar la tierra ya no es una opción, es una necesidad

En el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, especialistas advierten sobre la urgencia de restaurar ecosistemas y proteger los suelos.

Cuando se habla de cambio climático, la atención suele centrarse en las emisiones de carbono, las energías renovables o los eventos meteorológicos extremos. Sin embargo, existe otra crisis ambiental que avanza de manera silenciosa y que tiene consecuencias directas sobre la producción de alimentos, la disponibilidad de agua, la biodiversidad y la calidad de vida de millones de personas: la degradación de los suelos.

Cada 17 de junio se conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, una fecha impulsada por Naciones Unidas para visibilizar uno de los desafíos ambientales más importantes de nuestro tiempo. Lejos de tratarse de un problema limitado a regiones áridas o desérticas, la degradación de la tierra afecta actualmente a países de todos los continentes y amenaza recursos esenciales para el desarrollo humano.

Según datos de Naciones Unidas, alrededor del 40% de la superficie terrestre del planeta presenta algún grado de degradación, una situación que repercute directamente en la producción de alimentos, la seguridad hídrica y la estabilidad de numerosos ecosistemas. A nivel global, cada año se pierde una superficie de tierra equivalente al tamaño de un país como Egipto debido a distintos procesos de degradación.

Los especialistas coinciden en que la desertificación no implica únicamente el avance de los desiertos. Se trata de un proceso más amplio de deterioro de la tierra provocado por factores como el cambio climático, la deforestación, el uso inadecuado de los suelos, la sobreexplotación de recursos hídricos y determinadas prácticas productivas que reducen la capacidad natural de los ecosistemas para regenerarse.

Las consecuencias son profundas. A medida que los suelos pierden fertilidad, disminuye la capacidad de producir alimentos, se acelera la pérdida de biodiversidad y aumentan los riesgos asociados a sequías e inundaciones. Además, los terrenos degradados tienen menor capacidad para almacenar carbono, lo que agrava los efectos del calentamiento global.

La tierra sana es mucho más que un soporte para la producción agrícola. Es una infraestructura natural que regula ciclos del agua, almacena carbono, alberga biodiversidad y sostiene actividades económicas fundamentales. Por eso, numerosos organismos internacionales advierten que la restauración de ecosistemas degradados será una de las claves para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible durante las próximas décadas.

La Organización de las Naciones Unidas eligió para la conmemoración de este año el lema «Pastizales: reconocer, respetar y restaurar», poniendo el foco en ecosistemas que históricamente recibieron menos atención que los bosques, pero que desempeñan un papel fundamental para la seguridad alimentaria, la regulación hídrica y la resiliencia climática. Los pastizales cubren más de la mitad de la superficie terrestre y sustentan la vida de aproximadamente 2.000 millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, cerca de la mitad de estos ecosistemas se encuentra degradada o en riesgo de degradación. Para los expertos, recuperar estos ambientes representa una oportunidad estratégica para fortalecer la adaptación al cambio climático y mejorar la capacidad de respuesta frente a eventos extremos cada vez más frecuentes.

El científico español Fernando T. Maestre, especialista en desertificación y restauración ecológica, sostiene que durante mucho tiempo la lucha contra este fenómeno se abordó principalmente desde la ingeniería, la forestación o la gestión del agua, cuando una parte importante de la solución también pasa por la forma en que se administra el territorio. En recientes análisis publicados con motivo de esta fecha, el investigador destaca la necesidad de recuperar prácticas sostenibles de manejo de ecosistemas y reconocer el conocimiento acumulado por las comunidades que históricamente convivieron con ambientes áridos.

La situación resulta especialmente relevante para América Latina. La región enfrenta crecientes desafíos vinculados a sequías prolongadas, degradación de suelos y presión sobre los recursos hídricos. En Argentina, donde gran parte de la economía depende directa o indirectamente de los recursos naturales, la conservación de los suelos adquiere una importancia estratégica para la producción agropecuaria, la seguridad alimentaria y el desarrollo territorial.

La desertificación no es solamente un problema ambiental; también es un desafío económico y social. Cuando la tierra pierde productividad, aumentan los costos de producción, disminuyen las oportunidades de desarrollo local y se incrementa la vulnerabilidad de comunidades enteras frente a crisis climáticas y económicas.

Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que la restauración de tierras degradadas constituye una de las inversiones más rentables para el futuro. Naciones Unidas estima que la recuperación de ecosistemas puede generar beneficios vinculados a la producción de alimentos, la disponibilidad de agua, la conservación de la biodiversidad y la generación de empleo sostenible.

La buena noticia es que existen soluciones. Manejo sostenible de los suelos, restauración de ecosistemas, agricultura regenerativa, protección de pastizales, gestión eficiente del agua y fortalecimiento de políticas públicas aparecen entre las principales herramientas para revertir las tendencias actuales. Diversas experiencias alrededor del mundo demuestran que es posible recuperar tierras degradadas cuando existe una combinación de conocimiento científico, compromiso político y participación comunitaria.

En un contexto marcado por la crisis climática, la creciente demanda de alimentos y la necesidad de proteger los recursos naturales, el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía invita a mirar hacia abajo, literalmente. Porque debajo de nuestros pies se encuentra uno de los recursos más valiosos y, al mismo tiempo, más subestimados del planeta.

Sin suelos sanos no habrá seguridad alimentaria, ni agua suficiente, ni resiliencia climática. Proteger y restaurar la tierra no es únicamente una cuestión ambiental: es una condición indispensable para construir un futuro sostenible.